Cómo afectan las expectativas de los demás a nuestra salud emocional

 In Autoestima

¿Alguna vez has tomado una decisión pensando más en cómo la recibirían los demás que en lo que tú realmente querías? 

A veces ocurre sin que nos demos cuenta. Elegimos un camino profesional, mantenemos determinadas costumbres o renunciamos a algo que deseamos porque sentimos que existe una forma “correcta” de hacer las cosas.

Las expectativas forman parte de nuestras relaciones y no tienen por qué ser negativas. Las personas que nos quieren pueden desear que nos vaya bien, aconsejarnos o imaginar un determinado futuro para nosotros. 

Sin embargo, cuando esas expectativas empiezan a condicionar nuestras decisiones y nuestra manera de valorarnos, pueden convertirse en una fuente de malestar.

Comprender cómo nos influyen es el primer paso para relacionarnos con ellas de una forma más saludable.

¿Qué son las expectativas de los demás?

Las expectativas son las ideas que otras personas tienen sobre cómo deberíamos comportarnos, qué decisiones deberíamos tomar o qué deberíamos conseguir.

Pueden aparecer en diferentes ámbitos de nuestra vida. En la familia, por ejemplo, pueden estar relacionadas con los estudios, el trabajo, la pareja o la forma de construir nuestro futuro. En el entorno laboral pueden aparecer vinculadas al rendimiento o a la responsabilidad. También pueden estar presentes en las relaciones de amistad o de pareja.

Te interesa: Expectativas: ¿qué son y cómo manejarlas?

No todas las expectativas son una imposición. A veces simplemente expresan un deseo o una preocupación. El problema surge cuando sentimos que cumplirlas es una condición para sentirnos queridos, aceptados o suficientemente válidos.

Además, algunas expectativas terminan formando parte de nuestra propia manera de pensar. Lo que inicialmente era un mensaje recibido desde fuera puede convertirse con el tiempo en un “debería” que nos repetimos nosotros mismos.

¿Cómo pueden afectar a nuestro bienestar emocional?

Cuando sentimos que tenemos que responder continuamente a lo que los demás esperan, podemos dejar de prestar atención a nuestras propias necesidades.

Esto no ocurre necesariamente de manera repentina. Puede comenzar con pequeñas decisiones en las que damos prioridad a evitar un conflicto, decepcionar a alguien o recibir críticas. Si este patrón se mantiene, puede generar diferentes consecuencias.

Ansiedad y presión constante

La necesidad de estar a la altura puede mantenernos en un estado de preocupación permanente. Podemos pensar demasiado cada decisión, anticipar la reacción de otras personas o sentir que cometer un error tendrá consecuencias importantes.

Esta presión puede resultar especialmente intensa cuando existen expectativas muy elevadas o cuando sentimos que nunca es suficiente lo que hacemos.

Culpa al priorizar nuestras necesidades

También puede aparecer culpa cuando decidimos hacer algo diferente a lo que nuestro entorno esperaba.

Decir que no, cambiar de opinión o elegir una opción que no coincide con la de nuestra familia puede hacernos sentir que estamos siendo egoístas. Sin embargo, cuidar nuestras necesidades no implica necesariamente perjudicar a los demás.

Aprender a diferenciar entre responsabilidad y culpa puede ayudarnos a entender mejor estas emociones.

Frustración y pérdida de motivación

Cuando perseguimos objetivos que no sentimos realmente nuestros, conseguirlos puede no producir la satisfacción que esperábamos.

Podemos alcanzar aquello que se consideraba un éxito y, aun así, sentir vacío, cansancio o falta de ilusión. Esto puede ser una señal de que llevamos demasiado tiempo actuando desde las expectativas externas y demasiado poco desde nuestros propios intereses.

¿Por qué nos cuesta tanto dejar de lado las expectativas ajenas?

La opinión de los demás tiene un peso especial porque necesitamos sentirnos vinculados y aceptados. Durante la infancia, además, aprendemos muchas de nuestras primeras referencias sobre lo que está bien o mal a través de las personas que nos cuidan.

Por eso, algunas expectativas familiares pueden acompañarnos durante muchos años.

El miedo a decepcionar

Una de las principales dificultades aparece cuando confundimos decepcionar a alguien con hacer algo incorrecto.

Por ejemplo, un adulto puede decidir cambiar de profesión, aunque su familia considere que debería mantener un empleo estable. Puede necesitar más espacio personal, aunque su entorno esté acostumbrado a contar siempre con él. O puede elegir un proyecto de vida diferente al que sus padres habían imaginado.

En estas situaciones es posible que exista malestar porque la decisión afecta a las expectativas de alguien importante.

Pero que otra persona no comparta nuestra elección no significa que esa elección sea equivocada.

La necesidad de aprobación

También podemos acostumbrarnos a buscar confirmación externa antes de confiar en nuestro propio criterio.

Si necesitamos que los demás aprueben continuamente nuestras decisiones, cualquier desacuerdo puede convertirse en una fuente de inseguridad. Poco a poco, dejamos de preguntarnos qué pensamos nosotros y comenzamos a preguntarnos qué respuesta será mejor recibida.

¿Cómo gestionar las expectativas de los demás?

Gestionarlas no significa ignorar las opiniones de nuestro entorno ni actuar sin tener en cuenta a quienes nos rodean. Se trata de encontrar un punto en el que podamos escuchar a los demás sin renunciar a nuestro propio criterio.

Identificar qué queremos realmente

Una primera cuestión puede ser preguntarnos qué decisiones tomaríamos si no tuviéramos miedo a decepcionar a nadie.

También puede ser útil distinguir entre aquello que deseamos y aquello que creemos que “deberíamos” desear. Esta diferencia puede ayudarnos a detectar objetivos que hemos asumido como propios sin haberlos elegido conscientemente.

Aprender a aceptar el desacuerdo

No todas las personas van a entender nuestras decisiones y no siempre podremos evitarlo.

Aceptar que alguien puede estar en desacuerdo con nosotros forma parte de la autonomía emocional. Podemos escuchar una opinión, valorar sus argumentos y finalmente decidir de otra manera.

Esto resulta especialmente importante en las relaciones familiares, donde puede existir mucho afecto incluso cuando las expectativas no coinciden.

Establecer límites cuando sea necesario

Si una persona opina constantemente sobre nuestras decisiones o intenta condicionar nuestra forma de actuar, puede ser necesario establecer límites.

Un límite no tiene por qué ser una confrontación. Puede consistir simplemente en expresar que agradecemos la preocupación, pero que necesitamos tomar esa decisión por nosotros mismos.

Cuando las expectativas empiezan a ocupar demasiado espacio

No siempre es fácil distinguir lo que queremos de aquello que hemos aprendido que los demás esperan de nosotros. Cuando la necesidad de aprobación, el miedo a decepcionar o la culpa empiezan a condicionar nuestras decisiones y nuestro bienestar, puede ser útil contar con el acompañamiento de un profesional de la psicología.

La terapia puede ayudarnos a comprender de dónde proceden determinadas exigencias, revisar creencias que hemos interiorizado y aprender a relacionarnos con las expectativas de nuestro entorno desde un lugar más saludable.

Porque las expectativas forman parte de nuestras relaciones y no podemos evitar que las personas que nos quieren tengan deseos, opiniones o ideas sobre nuestra vida. Lo importante es que esas expectativas no terminen definiendo quiénes somos ni decidiendo por nosotros.

Cuidar nuestra salud emocional también significa aprender a reconocer nuestra propia voz, incluso cuando no coincide con aquello que otras personas habían imaginado para nosotros. Podemos escuchar, dialogar, valorar los consejos de quienes nos rodean y, al mismo tiempo, poner límites cuando sea necesario.

Al final, construir nuestro propio camino no significa dejar de tener en cuenta a los demás, sino aprender a tenerlos en cuenta sin dejar de tenernos en cuenta a nosotros mismos.

Recent Posts